Desde Barcelona

UNO Hace un par de semanas, cuando Pedro Sánchez decidió que no sólo él sino también todos los españoles necesitaban de cinco días para reflexionar sobre la regeneración democrática y el punto y aparte, Rodríguez se decidió por un punto seguido para seguir leyendo a Paul Auster. Ese escritor del que Rodríguez seguía siguiendo todo aquello que producía desde sus inicios. Fue entonces cuando Rodríguez leyó y fue adoptado por el paternal La invención de la soledad y sintió que vendrían de parte de Auster grandes cosas (y llegaron) y que llegarían (y vinieron) inevitablemente cosas no tan grandes pero siempre austeras y dignas de lectura y, sí, reflexión. Sí: Auster siempre estuvo para Rodríguez (quien a la hora sin agujas del zapping, nunca dejará de seguir viendo esas fotos de esa esquina en Smoke). Y, por favor, cómo no agradecerle a un escritor así el que, además, se convirtiese en un escritor muy popular entre tantos escritores populacheros. Uno de esos muy contados y bien contados best best-sellers. No abundan, no sobran y, ahora, falta Paul Auster y Paul Auster le falta a Rodríguez.

DOS Y --sincronicidad total y austeriana casualidad permanente-- Rodríguez alcanzaba última línea de la ahora última en todo sentido novela de Paul Auster: Baumgartner. Y con un ojo hojeaba la línea final que en realidad era un principio ("y así... nuestro héroe se dirige en busca de ayuda... y empieza el último capítulo de la historia de S. T. Baumgartner"); mientras con el otro se preparaba el primer café del día. Y de pronto --oídos bien abiertos-- la radio le informaba de que el autor de esa novela que él ahora cerraba había muerto en Brooklyn, a los 77 años, y de que así terminaba el último capítulo de Paul Auster. Ayuda, se dijo el antiheroico Rodríguez. Y entonces reflexionó primero y después, enseguida, decidió que iba a volver a empezar a leer Baumgartner.

TRES Y Rodríguez comienza a releer Baumgartner y (ya sabiendo de qué va y a dónde va) reflexiona acerca de varias cosas --casi automáticamente-- en las que no reflexionó al leerla por primera vez. Releer es la verdadera lectura, postuló alguien. Y, sí, es como si, a su vez, releyera Ravelstein o, incluso, ¡Oh, esto parece el paraíso! Aquella semblanza firmada por Saul Bellow o esa epifanía transmitida por John Cheever que fueron los últimos libros publicados en vida por el gran escritor de lo judeo-americano y por el inmenso profeta de la vida en los suburbs protestantes del Imperio. Novelas breves que se sospechaban como inmensas despedidas, sí.

De igual modo, cuando Baumgartner se publicó hace unas semanas, estaba en el aire todo lo del preocupante estado de salud de Paul Auster. Y nadie quería que Baumgartner fuera a ser la última novela de Auster; pero sí resultaba imposible de negar su tono decididamente crepuscular a la vez que, como en las de sus mayores antes mencionados, se las arreglaba para fundir lo judío de uno y lo protestante del otro con su propia inclinación por los aires europeos y un existencialismo agnóstico donde parecían comulgar --como alguna vez comulgaron-- Samuel Beckett y Buster Keaton.

CUATRO Baumgartner era también un retorno a la medida y tamaños característicos del autor luego de sus macro-mega aventuras con la saga entre decimonónica y postmoderna 4 3 2 1 y su obsesiva biografía-teórica La llama inmortal de Stephen Crane.

Baumgartner era un libro luminoso más allá de que se encontrase firmemente plantado en el convencimiento de Auster de que --como postuló en entrevista reciente-- "es la angustia la que genera al arte".

Y, sí, el muy artístico y septuagenario Sy Baumgartner es alguien quien --viudo desde hace más de una década-- ya se ha resignado a la aflicción como algo normal y de pronto, superado por demasiados minúsculos retos y tareas por acometer, rueda por las escaleras rumbo al sótano. Y --con este comienzo brillante en su coreografía y con algo de farsa centroeuropea y, sí, pocas veces hubo un escritor Made in USA más relucientemente viejomundista que Auster-- a partir de entonces el doblarse y desdoblarse de toda una vida con los mismos modales entre desesperados y angustiosos con los que el propio Baumgartner dobla y desdobla, como en un último rito interminable, la ropa de Anna Blume: su difunta esposa poeta póstuma y autobiógrafa muerta diez años atrás en un bizarro accidente.

Así, sus recuerdos --de una infantil New Jersey familiar y judía y de New York y de Vietnam en los '60s y '70s-- y del conocer al amor de su vida y de su carrera en Princeton como profesor de Filosofía. Y una suerte de libre fluir de consciencia que, también evoca un poco demasiado a las maniobras y estrategias del tanto menos conocido pero igualmente talentoso Stephen Dixon en sus últimas novelas-con-viudo o a aquella también última novela de aventuras mentales que fue El cerebro de Andrew de E. L. Doctorow o, incluso, a aquel cuarteto final de nouvelles-réquiem y de cámara de Philip Roth así como el deambular del recién regresado Frank Bascombe de Richard Ford en Sé mía. Todos ellos despidiéndose con un hola.

CINCO Y de nuevo, otra vez, hay para Rodríguez algo/mucho de Bellow & Cheever en el modo en que --en pocas páginas-- Auster recopila y apila episodios dispersos (un viaje a Ucrania, una sucesión de mujeres que jamás suplantarán a la insustituible compañera de cama y escritorio durante cuatro décadas, las reflexiones acerca de un largo ensayo/ficción con rasgos que evocan, inequívocamente a los de la obra de Paul Auster e, incluso, reaparición de personajes de otras de sus novelas como Sunset Park y, aún más, la mención de un Auster pariente por parte de madre e incluso el propio Auster rompiendo la empapelada cuarta pared para dirigirse al lector) aunados por un apellido y la casi última voluntad de asomarse a un último y definitivo Edén antes del más privado de los apocalipsis que, claro, abre su primer sello precipitándose escalones abajo y haciéndole caer no de rodillas sino de rodilla.

Dos meses después, recuperado físicamente, Baumgartner es una suerte de fuerza centrífuga que no puede parar de girar: trabaja en un nuevo libro, siente que un poema de Anna (y algún lector recordará súbitamente que Anna Blume era el nombre de la futurista y post-apocalíptica El país de las últimas cosas) le envía un mensaje, y acaso lo oriente rumbo a un affaire con joven estudiosa (estudiosa de la obra de Anna). Y por fin concluye su estudio sobre los dobleces del ser o algo así mientras su cuerpo no deja de emitirle a su mente que se avecinan problemas más graves porque, de pronto, todo parece necesitar de la ayuda de un Houston cósmico.

SEIS Digámoslo así, así se lo dice Rodríguez: Baumgartner --un Auster de ley y en toda regla pero matizado por la novedad última de una ternura constante-- es una de esas novelas en las que, teóricamente, no pasa nada para que, en su práctica, pase de todo, transcurra una vida entera con amorfas formas auténtica y verdaderamente realistas: con el desorden y espasmos y marchas y contramarchas con los que se vive y se revive una vida "haciendo oraciones". Y así Baumgartner y Baumgartner se despiden de nosotros con una suerte de optimismo: con su héroe en movimiento sin saber muy bien hacia donde va --mientras allá va Paul Auster-- pero teniendo perfectamente claro de dónde vino.

 

No es poco y es mucho, reflexiona Rodríguez.